Si se me permitiera dar tan solo
un consejo de vida, hay uno que daría muy por encima de cualquier otro: “Haz lo
que amas y ama lo que haces”. Hoy en día existe un sinnúmero de maneras para
“ganarse la vida”, sin embargo, hay todavía más personas que desprecian la
manera que ellos eligieron para vivir. Es triste ver al hombre sometido al yugo
de la cultura del más fuerte y el más apto para brillar en la sociedad, en vez
de verlo regocijando su persona y usufructuar su tiempo en lo que le resulte
provechoso. En estos tiempos, la vida misma llama en todo momento al hombre a
la acción; quedarse sentado a lamentarse ha dejado de ser una opción para el
que busca salir adelante. Pero, ¿el hombre tiene que desesperadamente hacer
algo que no es llamativo de su amor para darle paz a su vida?
He aprendido con lo que he vivido, que una pieza fundamental en el rompecabezas de la vida es amar lo que se hace.
Es esencial amar intensamente lo que tu cuerpo, en respuesta a tus deseos, hace
para buscar la alegría y disfrutar la vida. Formular que una persona consigue
ser verdaderamente feliz realizando algo que no ama, es aventurarse a
contraatacar lo que en el día a día es evidentemente falso. ¿Cuántas
veces sabemos de personas que, con los recursos necesarios para “ser felices”, se
amedrentan con la vida que llevan? ¿Qué tan seguido alguien consigue todo lo
material a lo que aspiraba, pero se siente solo, pues su espíritu está vacío? Y,
¿qué tan frecuente alguien que tiene su corazón invadido por una pasión, a la
que le entrega su tiempo y esfuerzo, disfruta su vida y la de los suyos al
máximo?
Es evidente que el problema del
hombre es que confunde qué es la felicidad y en dónde puede encontrarla. La
felicidad no es ni se mide en los resultados de la búsqueda incesante de ella,
la felicidad está en la búsqueda misma, en todas y cada una de las acciones y
los pensamientos que nuestro corazón emite para encontrarla. Aún en medio de la
desgracia y la penuria, cuando se hace lo que se ama, se es feliz. El simple hecho
de abocarse a algo que apasiona, ilumina de alegría el espíritu, fortalece el
cuerpo, alarga el tiempo y disminuye la seriedad de los problemas. No hacer lo
que uno ama resulta la manera incorrecta de tratar de llenar el vació del
espíritu. No funciona así. Al cuerpo lo que alimente al cuerpo y al espíritu lo
que alimente al espíritu.
Se puede ser feliz haciendo lo
que sea, pues el hombre, dentro de su maravilla, puede amar lo que le apetezca.
Se puede ser empleado y ser feliz. Se puede ser campesino y ser feliz. Se puede
ser madre, o no serlo y ser feliz. Se puede ser soltero o casado y ser feliz. Se
puede ser religioso y ser feliz. Se puede ser artista y ser feliz. No es
importante ser bueno, malo o el mejor, la clave es estar apasionado por lo que
se hace. Un ejemplo singular es Van Gogh y su amor a la pintura. Si él no se
hubiera entregado sin reservas a lo que amaba, a esa pasión que vivía dentro de
sí y devoraba sus entrañas, ¿podría haber sido feliz? Sin duda, dentro de su
locura, Vincent se entregó a la miseria, sacrifico su familia y amigos, cambio
sus mujeres por los colores, quemó su mano, se cortó una oreja y finalmente se
quitó la vida pero, aun en la demencia, mantuvo la sensatez de siempre hacer lo
que él amaba. Fue severo, imbatible, obstinado, valiente frente al no, el qué
dirán y el fracaso. Nunca había tomado cursos de pintura, o había recibido
grandes lecciones de reconocidos artistas al comienzo, pintaba solamente porque
amaba hacerlo. Descubrió su pasión y no la abandonó hasta el último día de su
vida. Las opiniones sobre Vincent pueden ser diversas pero nadie, jamás, podrá refutar la felicidad de Van Gogh al sostener un pincel.
Entonces, la clave es clara como
el agua: hay que buscar algo que nos apasione y seguir por ese camino. Nada
asegura que por hacer lo que se ama con el corazón, el camino por la vida
resulte sencillo, pero si será placentero, lleno de buenos momentos, alegrías y
una constante superación personal que llene de felicidad el alma que tanto
buscamos satisfacer.
