Como el sol se esconde detrás del
horizonte al comenzar la noche, así los sueños de pronto aparecen en la mente
al cerrar los ojos cada noche. Sueños: tan raudos, tan etéreos…tan
trascendentes. Sin desearlos, atraviesan la madrugada como saetas y se incrustan
en el núcleo de nuestro pensamiento, dejando nuevos anhelos de vivir, viejos afanes
y añoranzas, dudas que son del ayer del hoy y del mañana. Es tan arduo evadirse
de los sueños, a ellos no les basta con existir durante el descanso, además nos
cazan al despertar y no abandonan nuestro consciente. Pero, ¿en verdad el
hombre busca zafarse de sus sueños? ¿No será más bien que son los sueños los
que buscan huir y es el hombre el que los ata a su cabeza? Un sueño agradable nunca
quiere ser abandonado por nadie; brinda alegría, júbilo y desahogo. Un mal
sueño brinda ganas de vivir, de despertar, valentía para salir adelante en las
situaciones difíciles.
A mi entender, el hombre sin sueños se encuentra vacío y
seco, como un enorme lago sin agua. La relación es de necesidad mutua. El
hombre no puede existir sin los sueños, y los sueños no existen sino gracias al
hombre. El hombre necesita del agua de
los sueños para vivir, por eso… sigamos soñando.

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